EL CHOQUE

Ensimismada. La noche húmeda. La brisa se cuela como un ciclista entre los autos, alterando su cabello castaño. La esquina está llena de olores y sonidos que la abstraen, lejos.
Un vacío que le anida el pecho se extiende hacia la boca del estómago cuando empuja la puerta gris.
El pasillo en penumbra, la mezcla de sonidos, las paredes naranjas, los tonos negros solo cobran sentido cuando escucha su voz. No sabe mucho de él, no sabe por qué le intriga, por qué su nombre permanece en un rincón de su mente desde hace días.
Sus ojos se encuentran fugazmente cuando abre la puerta del salón. El la mira como si la estuviera esperando, y ella baja la vista ocultando el alivio de saber que está ahí esa noche. Lo necesita, necesitaba verlo, sentir esa energía extraña que le despierta su forma de estar en el mundo.
Se sienta en el lugar de siempre, la clase lleva tiempo empezada y quiere pasar desapercibida. se ha estado preparando un poco más esta semana, quiere gustarle, acaparar su atención y su mente como el hace con ella.
Sin darse cuenta esta ensimismada de nuevo, bebiéndose los detalles de sus gestos, adormecida por su voz musical que es todo un descubrimiento, arrasada por la energía que desprenden todos sus actos.
Quiere que la toque, y él lo hace deliberadamente un millón de veces, puede sentir sus ojos en su espalda cuando canta, como se le calienta cada tramo de la piel que el recorre con la mirada. La asusta esa energía, quiere correr y a la vez quedarse y que todo desaparezca.
Cuando se encuentra de nuevo con sus ojos marrones intensos, fijos, calmos, incendiarios; se siente como si estuviera en el medio de un choque, frente a algo inevitable, que sabe que la arrasará por completo pero no atinará a moverse a tiempo...

Susana Buisson- 2018


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