Anita recuerda
Anita recuerda… el
primer día y el último… ¡El círculo se repitió tantas veces!
El primer día…
Ese
fue hace tanto tiempo que Anita se sorprende de que su memoria aún registre con
tanta nitidez un hecho tan trivial en una vida llena de sucesos más importantes.
Anita sonríe al recordar igual que todas las veces después del ultimo día. Con
esa lágrima rebelde al borde de las pestañas, y un nudo en algún lugar del pecho
que se parece más a un dolor de corazón, pero… ¡no Anita, si el corazón no
duele!
Ahora no hay papeles mojados que disimular. Anita escribe directamente en
un blog, esta vez nadie verá las lágrimas, está sola… de nuevo.
Ese primer día… la
primera vez que hablaron, que él le habló…
Claro que tal vez ni debe
recordarlo. ¡Tanto esfuerzo, tanta firmeza, tanto empeño en extinguir lo
inextinguible a alguien tenia que darle
resultado!
A Anita no. Ella recuerda. -mañana de otoño, carpetas en mano,
apuradísima, tarde, amiguera, incapaz de dejar a alguien sin contestarle una
pregunta, él preguntó…
Fue algo tan obvio y sin importancia que Anita sonrió,
tal vez ese fue el motivo de su castigo: sonreír…(alguien le dijo años después, que su sonrisa tenía el don de transformar el color del día, y desde entonces Anita
se cuidó más) pero esa mañana, incauta y totalmente desprevenida, sonrió, y se
detuvo a responder…
En su conjunto era
insignificante de ver, tal vez si quisiera podría describir con detalles hasta
el color de todo lo que él llevaba puesto, tal vez si no la hubiera detenido para
preguntar no lo hubiera mirado nunca aunque lo hubiera tenido mil veces a un
metro frente a los ojos. Pero él se detuvo, preguntó, y Anita sonrío…
Claro,
después de aquella mañana hubo muchas veces más, el mundo es un pañuelo demasiado
chico para algunas cosas, y esa sensación rara de Anita al principio no era
equivocada, resultó con el tiempo que aquello no fue un presentarse, fue un
reencontrarse lo que sucedió. Además, Anita nunca se equivocaba con las
sensaciones, eran más bien algo que no podía evitar, no que le gustaran…
Cada vez que se veían
era lo mismo: una sensación de antigüedad tan conocida, una calma extraña, un
abandonarse mutuamente en manos del otro con una confianza total, como si antes
ya hubieran estado juntos, incluso en aquel el mismo lugar…
Las explicaciones
vinieron después, mucho después, incluso después de la última última vez… o del
último ultimo día, como dice Anita cuando vuelve a recordar como hoy…
El primer ultimo día
todavía es un recuerdo tan nítido en su pupila que el evocarlo le quita la
respiración. Fue cerca del lugar del primer día, nada más que era de noche, nada mas que Anita no
tenia ningún apuro por irse, nada mas que estaban sentados en los
escalones y de espaldas a la gente, nada mas que la que estaba llena
de preguntas sin respuestas era Anita.
Y así quedó: con todas las preguntas que
hizo sin responder, menos esa que preguntó solo con el alma y la respuesta le quedó
ahí delante de ella, en el fondo de sus ojos, de ese espejo inmenso y claro que
para ella todavía era totalmente transparente… Ojos que a partir de aquella noche se cerraron para siempre, alzando el
castigo de que no pudiera leerlos nunca
más…
Pero nunca más es mucho tiempo, incluso para Anita, que alguna vez hasta llegó a pensar que era para siempre.
Ese primer último
día terminó muy tarde, con una despedida a los gritos y sin palabras, donde
gritaba el cuerpo, la piel, el alma, y las palabras estaban todas anudadas en algún
lugar que ninguno de los dos pudo encontrar.
Anita se fue, esperando que el
corriera, tratando de no mirar atrás hasta la esquina, apenas sostenida por un
orgullo que se desmoronaba rápidamente frente al dolor. Solo al doblar lo vio,
todavía estaba ahí, parado en la misma posición con las manos en los bolsillos,. Podía
jurar que con los puños bien apretados, la palidez en su rostro claro lo
delataba, los labios rojos apretados, la cabeza gacha…
Anita se quedó esperando
en la esquina pero él se volvió sobre sus pasos sin levantar la cabeza. Nunca antes había visto a alguien al que le pesara
tanto caminar…
Anita quiso correr, volver, gritar, sacudirlo, abrazarlo hasta
que se enojara si era necesario, pero no pudo moverse. Estaba clavada en el piso
como por encanto. Lo vio desaparecer en la escalera de su habitación, y entonces
volvió a respirar…
Apenas respirando llegó a su casa.
El otro primer día
fue al poco tiempo. Anita sobrevivió, no quería seguir viviendo pero su condena
era vivir, vivir, vivir…y siguió viviendo.
Había una fiesta, el también tenia
que estar, ¡tenia que estar en tantos lugares! había espacios vacíos en todas
partes, había recuerdos en todos los rincones. Anita a veces quería arrancarse
la piel, pero era inútil, a veces quería llorar, pero un día no tuvo mas
lágrimas, quería escribir, pero un día las palabras se le acabaron y solamente
siguió viva, respirando.
Ese otro primer día fue igual de insignificante,
pero la memoria es traicionera y guarda lo que quiere, y Anita recuerda aun cada
segundo, desde la sensación de que él estaba ahí de vuelta, hasta la certeza de
levantar la vista y encontrarse en esos ojos verdes otra vez, clavados y
silenciosos, en medio de tanta gente. Gente que no tenia ni idea del hilo
enorme que los unía desde el fondo del salón donde él estaba, inmóvil entre el
movimiento, hasta el escenario del que Anita, atrapada, quería escapar.
Fueron pocas las
palabras esa vez, más dijeron la piel, los abrazos, el roce de las manos, y esos
segundos en que la persiana se cayó y Anita pudo leer en el fondo de sus ojos
amados la respuesta a todas las preguntas, la misma de siempre, la misma de
antes, la misma que ella también gritaba, la misma que las palabras no
volvieron a decir…
El otro último día
fue al día siguiente, después de una noche de fuegos artificiales que no
lograban iluminar las dos únicas miradas tristes entre toda la gente de esa
noche en la plaza. A Anita no le hacía
falta darse vuelta para saber los metros y centímetros exactos que los
separaban. Podía sentir hasta el temblor de sus pestañas sin volverse…
Aquel
ultimo día era de tarde, él se despidió para siempre, y se llevó del cuarto de Anita
dos cosas que había dejado allí como bandera territorial de un lugar que al final nunca
compartieron: una corbata bordó y una campera rompe vientos. Recordatorios constantes de un cuerpo que ya no volvería a abrazar. También se llevó las fotos
viejas, testigos silenciosos de historias que tanto la habían echo reír…
El abrazo fue
sentido, y otra vez mientras sus labios decían que no, sus ojos verdes apagados
decían para siempre que si, lo mismo que la piel, lo mismo que el cuerpo, y las
manos…y el corazón de Anita, que apenas cicatrizado del primer ultimo día, se volvió a quebrar cuando él cerró la puerta y atravesó el patio de la casa, ahora si, por última vez.
Esa última vez duró
mucho tiempo. Un día Anita se fue de esa casa para siempre. Había en
esas paredes tantos recuerdos colgados, tantas risas en los rincones y
murmullos apagados en la cocina que no podía soportarlo. Ya no podía sentarse
en los escalones bajo la ventana de su cuarto a leer como era su costumbre de
antes, mucho antes del primer primer día…
Ahora faltaba para siempre una cabeza
apoyada en sus piernas, ahora faltaba el motivo para volver a leer en voz alta,
el mate en el suelo, el abrazo perfecto donde podía acurrucarse y olvidarse por
un instante eterno de todo, absolutamente todo lo que existía…
Anita se fue sin dejar rastro. Igual que él, Anita guardó un eterno silencio por años, un
silencio lleno con la sombra de un fantasma que solo unos pocos veían alguna vez
y nadie nombraba, hasta que una carta
que trajo respuestas que ya no importaban volvió a remover todo. Lo único que
no desapareció fue el dolor, Anita sangró tanto esta vez que por primera vez desde que su castigo era
estar viva, tuvo miedo de morirse.
Anita no murió,
solamente entendió cosas, y las palabras olvidadas tanto tiempo volvieron a
salir en cataratas. Sin pensar. Llenando papeles amarillos que nunca llegaron a
destino. Las palabras que dejaron a Anita al borde de la muerte varios días en
el esfuerzo de salir, se perdieron en el
tiempo, en algún lugar maldito entre el buzón del correo y él. Anita nunca lo
supo…hasta el último primer día…
Recordar el último
primer día casi la hace sonreír…diez años han pasado de la condena de Anita de
vivir, vivir, vivir… diez años en los que toda la fuerza estuvo en olvidar y
encontrar sentido, olvidar y encontrar sentido, olvidar y encontrar sentido… en
los que no hubo muchas palabras en los cuadernos, y la vida de Anita era solo algo
tan rutinario como existir. Las sensaciones tenían que ser tan fuertes para
opacar aquellas marcas que le quedaron en la piel que Anita llegó a embriagarse
por completo en una piel nueva, y así, sin quererlo casi, aquel adiós quedó un
tiempo en el olvido.
Una mañana maldita, una
voz le llegó sin intermediarios, atravesando vaya a saber cuanta distancia y directo
al corazón, igual que antes. Era ese mismo grito de ayer, y despertó en Anita
algo que creía olvidado pero solamente estaba ahí, dormido… Anita empezó a
buscarlo, la sensación de angustia que traía esa voz lejana le retumbaba en
todos los rincones del cuerpo, no tenia paz si no lo buscaba, al menos para
asegurarse de que esta vez su sensación era equivocada…
Fueron años, fue en
secreto, años de búsqueda inútil, sin
preguntas que hubieran hecho el recorrido mas corto, pero sabía que no tendría
respuestas para las preguntas que vendrían con sus preguntas, solo era esa
sensación… ¿Cómo iba explicar la sensación?
Ese último primer día
que se vieron de nuevo fue de la misma manera pero de una forma distinta: se
reconocieron el alma en un encuentro sin piel y sin miradas…Esta vez hubo alegría,
esta vez hubo sorpresas, los dos tenían ganas de encontrarse, los dos se habían
buscado, ¡tanto! inútilmente y en
silencio… Ahora peleaban por quien encontró a quien primero…ahora vinieron
todas las respuestas, ahora salieron todas las palabras anudadas, ahora estalló
sin reserva aquella misma vieja llama, y ahora todo era mas imposible que antes…
Fueron soñadores
ajenos a la cordura por un tiempo, porque el tiempo entre ellos siempre fue lo
de menos, o una eternidad…No había diferencias.
La alegría duró lo que dura
reconocer que algo es una locura. Lo que
no dejó de durar nunca, ni siquiera hasta el día hoy, fue la sensación de
infinita soledad que da el volver a separarse cuando uno por fin entiende que
el otro es lo único que lo completa, lo único que uno nunca debería haber
dejado ir, lo único que uno sabe que no a soportaría volver perder…
La pelea contra la
locura fue tan ardua que hubo puñales clavados sin querer y nuevas heridas. Hoy
Anita mueve la cabeza al recordar las horas de mutua y silente compañía sabiéndose
estar solamente, al alcance de una palabra solamente...Y las mil razones coherentes para no hacerlo,
y las mil promesas rotas de no volver a ir, de no volver a decir…y los
mil intentos que los dos hicieron por recortarle lo que sobraba a algo infinito y poder encerrarlo dentro del único nombre que quedaba disponible ahora en
la vida que podía reunirlos: amistad.
La locura terminó
en un encuentro cara a cara, si es que terminar es la palabra para describir la
caída vertiginosa por un embudo obvio llamado necesidad, necesidad de estar
juntos a pesar de todas las razones para no estarlo, necesidad de sentirse
completo una sola vez más en la vida aunque más no fuera por un rato, necesidad
de decir tantas cosas sin la necesidad de tener que decirlas, necesidad de
volver a sentir que algo se rompe adentro cada vez que uno vuelve a separarse
aunque sea por un rato… y a pesar de todas las cosas que podrían perderse en la
vida de cada uno si alguien más hubiera visto ese reencuentro.
No hubo persianas esta vez, hasta la cámara
de Anita captó para siempre el discurso en la mirada. y un montón de palabras, y un abismo de silencios que casi se los traga…
solo quedó en pie una montaña de razones para seguir guardándose mutuamente como tesoros en
el corazón y la terrible obligación de renunciar, aun sabiendo todas las
respuestas, aun sabiendo que la condena era el recordar por siempre, aun
sabiendo que si nada había cambiado ese grito del alma antes, ya nunca
cambiaria…
Y no es que no desearan la piel ausente tantos años, es que igual habría
que volver a separarse, y pudo más el temor de no poder volver a separarse que
el deseo de tenerse aunque fuera por un rato.
Ese último último día
esta vez fue para siempre, a pesar de lo miles de silencios que volvieron a
romper, a pesar todas las palabras desesperadas que ya no se guardaron, a pesar
de todos los deseos expresados, a pesar de que todo, todo, seguiría igual: Anita
con su condena de vivir, vivir, vivir, a la que ahora se agregaba este nuevo castigo
de recordar… ¿Y él? El condenado a la distancia perpetua y el recuerdo constante,
al deseo no cumplido, a el temblor eterno en el cuerpo, a los puños cerrados
como la primera ultima vez, solo que esta vez todo sería para que no duela mas
la ausencia aun, o para no herir a nadie mas…
El último último día
fue cara a cara, se encontraron sin buscarse, otra vez con la vieja certeza de
levantar la mirada y saberse. Otra vez las palabras contradijeron al silencio,
a la mirada, al grito desesperado de la piel, y pudieron más…
Esta vez hubo
testigos, no hubo lagrimas, no hubo promesas tampoco, solamente fue una
despedida, aunque ninguno de los dos partiera a ningún lugar…
...................................................................................................................................
Anita recuerda…sabe
que es locura recordar. Quisiera que ya le fuera quitado ese castigo. Sabe que
no habrá más encuentros cara a cara por mucho tiempo, sabe que ya no hay ni
siquiera más palabras, sabe que igual tiene que vivir, vivir, vivir…
Anita recuerda
y el tiempo pasa…
Un día Anita
despierta con esperanza, uno no vive cien años para nada...
alguien está llamando
ahí afuera, ya sabe, ya oyó la voz, y es
de nuevo esa misma eterna sensación…
Anita cierra el blog y respira. Anita sabe: Se
alisa el vestido mientras abre la puerta...
Susana Buisson. (Publicado en Antología SENDAS- Concurso Segunda convocatoria Antología -DNA Ediciones -Genero Narrativa- Tercer premio- Febrero 2009)



Comentarios